Generalmente las islas se encuentran bordeadas por un juncal, comunidad puramente formada por juncos, uno de los recursos económicos de esta zona.

 A este ambiente le sigue, en muchos casos un matorral formado por diversos arbustos, entre los que predomina el sarandí. 

Los albardones, donde el agua llega con menor frecuencia, están poblados por una vegetación selvática de mayor porte. Como una prolongación de la selva misionera, aunque con menos especies vegetales aparece la selva ribereña, sobre el río Paraná de las Palmas. Anacahuitas, canelones, alisos de río y sauces criollos son algunos de los árboles que la conforman. Lianas, cactus, claveles de aire y helechos que tapizan las ramas, luchan por la luz y el espacio con una enredadera asiática de dulce aroma: la madreselva. Variada es la cantidad de aves que se confunden entre el juego de luces y sombras junto a anfibios, reptiles y mamíferos que también habitan este ambiente. 

A continuación se encuentran grandes áreas deprimidas, que parcial o permanentemente inundadas dan lugar a hierbas altas, ásperas e hidrófilas, que se conocen como pajonal. Las especies más representativas allí son la paja brava, la cortadera, la espadaña y la totora. 

A medida que el tiempo avanza y el pajonal se eleva por deposición de sedimentos y materia orgánica, van apareciendo especies de mayor tamaño, como nuestro conocido ceibo, que forma bosques abiertos, y contribuye, a su vez, a afianzar y elevar el suelo sujetándolo entre sus raíces. 

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